Muchas veces, la amargura se agudiza porque cometemos un error común. Al tener una mano fuerte, interiormente ya nos sentimos ganadores. Fantaseamos con el pozo, lo miramos, lo contamos, nos imaginamos ordenando esa pila de fichas y, de pronto, todo se esfuma.

Y es así, irremediablemente, cuanto más alto subimos en nuestros sueños de riqueza más sufrimos la caída. Moraleja: “nunca gastemos a cuenta”.

Además, la rabieta es más intensa porque hemos fracasado injustamente. Todo pierde sentido de golpe, y la confianza y la sensación de control se desvanecen al mismo tiempo que nuestros stacks.

Lo que hay que tener claro es que en el poker, como en la Argentina, a veces no hay justicia y, mal que nos pese, lo peor que podemos hacer es procurar venganza y, más aún, si nos enfocamos obsesivamente en ese rival.

Racconblack sostiene que “amar al poker es reconocer la varianza”, porque, dice, “es una parte fundamental de este juego; es la que lo hace tan rentable y emocionante.

Es imposible hacer un poker con poca o sin varianza, siempre existe el riesgo de perder con A♣ A♥ y esto es lo interesante.

Por eso, hay que amarla y lo primero, y fundamental para lograrlo, es entender las ventajas que brinda. Lo segundo, es no querer controlarla, entre
otras cosas, eso implica dejar de rezar para venga el A♦ o para que no veamos6 una pica en el river.

Y aconseja: “Empieza a verte a ti mismo como un Pro, deja de auto protegerte y no permitas que otros lo hagan, siempre hay algo que mejorar y estudiar. Enfócate en eso en vez de andar contando historias de bad beats, es mucho mejor”.

Mételo en la cabeza y repítelo: “No puedo controlar la varianza, pero puedo entenderla mejor”. No obstante, podemos rescatar un aspecto positivo: los bad beats alientan a los fishes a seguir jugando mal.

Un jugador débil pensará que si en una ocasión ganó, también puede hacerlo en otra similar y repetir esas malas jugadas, muy probablemente, sin la misma suerte. Cuando un burro nos propina un bad beat, cuando se recompensa el mal juego, en realidad, se logra un beneficio a mediano plazo.

Si el pescado cree que juega bien y mantiene sus tácticas es, además, un idiota. No tengamos dudas de que la gran mayoría de las veces nos llevaremos sus fichas.

Desde esta óptica, los bad beats tienen una función ecológica porque, si ellos perdieran siempre, terminarían abandonando y se extinguiría una especie comestible muy apreciada.

La clave es aprender a relativizar el golpe, a tomarlos con calma. Son parte del juego y producto de la suerte, al igual que las malas rachas (al menos, aquellas que no son culpa de nuestros errores ni mérito del juego ajeno).

Es más, un buen jugador recibirá más bad beats que los que propinará porque, para que ello ocurra, tiene que darse un resultado contrario a la ley de las probabilidades luego de haber hecho una mala jugada, propia de los menos experimentados.

Y si lo que sigue al infortunio es nuestro relato permanente, lo único que nos garantizamos es no mejorar el juego, ni siquiera un poco. Son negatividad pura. Cuando pensamos en eso, la mente se bloquea y no aparecen reflexiones constructivas.

Cuando este monstruo toma el dominio, es muy difícil erradicarlo.

Los bad beats suceden permanentemente y el próximo está más cerca de lo que creemos. No hay fórmulas ni soluciones mágicas, aunque sí algunas reflexiones
que pueden ayudar a relativizarlos.

Por ejemplo, muchas veces no tenemos en cuenta a las matemáticas. La mayoría no son tan inauditos como se cree, porque ninguna mano inicial es invencible y la mayoría son más vulnerables de lo que parece.

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